Yo lobo, tercera parte.

Disfrutad!

“Búscame en tus sueños…”
Aquello era lo que le dijo Karen, al enseñarle qué era la marca del lobo.
¿Quería decir que se encontrarían si volvía a soñar que era un lobo?
Meiju le había contado su sueño, el mismo que tuvo él, pero ella era la loba que se encontró, así que no era descabellada la idea de que Karen también tuviese aquellos sueños… ¿Pero eran sueños de verdad? Era todo demasiado real.
Estaba en su cama, pensando en todo lo que había pasado en los últimos días. Demasiadas vivencias para alguien tan tranquilo como él.
Había intentado dormir, y lo había conseguido, pero apenas unas horas, y no había soñado nada.
Todo sonaba tan irreal, ¿no sería todo un sueño del que despertaría tarde o temprano?
Miró su despertador. Quedaban dos horas para levantarse, vestirse e irse a clase, como cada día. Pero ya estaba despierto y sentía que no podría dormir ni un segundo más, así que decidió que se ducharía, al menos así el agua le haría pensar con más cabeza.
Le tranquilizaba el sonido del agua mientras recorría su cuerpo.
Normalmente tardaba una media hora, pero aquel día quería ir sin prisas.
Al salir de la ducha, se puso delante del espejo, que estaba todo empañado.
Le pasó una toalla y se miró fijamente… Nada. Miró sus ojos durante unos instantes, esperando ver alguna prueba de que él también poseía la marca del lobo, esperando ver la señal de que, por fin, su vida sería algo intenso, que tendría un sentido único y especial.
Pero no vio nada, sólo se veía a sí mismo, desnudo, con las gotas de agua cayendo por su cuerpo.
Suspiró, ¿sería un truco de Karen? ¿Y si lo era, por qué? No tenía sentido pensarlo en aquel momento, en clase la vería y le preguntaría todo lo que no entendía.
Se vistió, comió un poco y se fue.
– Adiós mamá. – dijo como siempre.
El viaje pasó rápido, como siempre. Al bajar del autobús, notó como una mirada le congelaba el cuerpo. Se giró, pero nadie lo estaba mirando, pero aún sentía esa sensación.
“Tranquilizate anda, últimamente estás demasiado intranquilo” Se dijo a sí mismo.
Empezó a andar, dirección a su clase de cada día, pero la sensación seguía ahí.
Sabía que no eran ilusiones suyas, alguien, o algo, le estaba mirando, sólo a él. Notaba sus ojos clavados en su nuca, observando cada paso que daba. Y, de pronto, tal como vino, desapareció.
No era normal, en absoluto, sentir como alguien te observa y de repente dejar de sentirlo.
Entró en clase directamente, sin saludar a nadie, tampoco le había saludado nadie.
Y empezó la clase, pero Karen no aparecía por ningún lugar.
Pasaron las horas, y Karen seguía sin aparecer. ¿Le habría pasado algo? No lo podía saber, a decir verdad solo sabía su nombre y de dónde era, nada más.
Llegó el descanso y se dirigió hacia la cafetería, podría ver a Meiju y desconectar un rato.
Cogió su café y se sentó, Meiju no tardaría mucho en llegar. Mientras esperaba, pensaba en como se sentía en sus sueños, la libertad de sentir la nieve debajo sus pies y el viento en su rostro, era magnífico.
Se acabó el café, pero Meiju seguía sin llegar… ¿Qué estaba pasando ése día? ¿Habían desaparecido las dos únicas personas con las que tenía un cierto interés en hablar?
Volvió a clase pensando dónde estarían Karen y Meiju.
Las siguientes horas pasaron como siempre, y el camino a casa fue el de siempre, parecía que todo volvía a ser la misma monotonía de siempre.
Al llegar a casa, se encontró con que todas las luces estaban apagadas y con una nota en la mesa.
“Cielo, tu padre y yo nos hemos ido a pasar la noche a casa de tus tíos. Tienes la cena en la nevera. Besos”
No tenía hambre, y tampoco quería estar encerrado en su habitación… Y sin pensarlo dos veces, cogió su chaqueta y se fue.
Tenía pensado ir a la parte alta de la ciudad, dónde había un descampado con vistas de toda la ciudad, pero sobretodo, de un bonito cielo estrellado.
Aquella noche había algo más que un cielo estrellado de película. La luna iluminaba el lugar con su luz y le daba un aire mágico. Aquella noche le gustaba más que otra, pues era luna llena.
Se sentó, miró hacia arriba y no hizo nada más. Era difícil explicar qué sentía al ver la luna, siempre le causaba una satisfacción unida a un misterio que lo atraía y atrapaba durante horas. Disfrutaba viendo la luna, y al mismo tiempo, sentía como algo latía en su interior al bañarse en aquella luz.
– Es bonita, ¿verdad? – dijo una voz de mujer.
Helge se sobresaltó y se giró rápidamente.
– Vaya, ahora no me has notado hasta que estaba justo detrás de ti, pero esta mañana no dejabas de sentirme… Déjame adivinar, la luna te atrapa, ¿verdad?
– ¿Quién eres? – preguntó sin fiarse demasiado.
La chica dibujó una pequeña sonrisa.
– Claro, qué modales los míos, disculpame. Pero creo que ya conoces mi nombre. – la chica levantó una mano y señalo la luna – En realidad, conoces mi nombre desde el día que empezaste a sentir algo diferente cuando mirabas al cielo de la noche.
Helge la miraba con un rostro desconcertado.
– Mi nombre es aquél que cantas en tu interior cada noche, querido.
– Luna.
La chica le miró con ternura mientras sonreía.
– Te he estado buscando Helge, el por qué te lo contaré más tarde. Ahora… – le dijo mientras se acercaba – quiero ver esos ojos más de cerca, he oído maravillas de ellos.
Por primera vez, Helge se fijó en la joven que tenía ante sí. Era una chica alta, pelirroja, con el pelo rizado. Con unos ojos marrones ligeramente claros y muy intensos, de aquellos que son un portal hacia otro mundo, otro mundo lleno de secretos muy especiales. ¿Qué sentía Helge al mirar esos ojos? No lo sabía, pero le hacían sentir libre, como… Como si estuviese mirando a…
Helge sonrió por primera vez, el nombre le iba perfecto, pensó. Además, le encantaba como sonreía Luna, le hacía sentir bien consigo mismo.
Luna le cogió la cabeza con ambas manos y le miró fijamente a los ojos.
Entonces lo notó, algo quería salir de su interior con más fuerza que en otras ocasiones.
– ¿Q-Qué estás haciendo? – preguntó preocupado.
– Sólo voy a mostrarte aquello que has estado buscando.
Y en los ojos de Helge empezó a aparecer una mancha, que poco a poco se iba definiendo, hasta convertirse en una huella, en la marca del lobo.
Una sensación de cansancio invadió a Helge y éste hubiera caído de rodillas si Luna no lo hubiese aguantado.
– Te contaré todo lo que necesites saber sobre qué tenemos, qué es y qué nos hace ser. – le dijo mientras su rostro se acercaba al de Helge – Te he estado buscando día y noche, tanto aquí como en nuestros sueños, mi lobo. Y ahora que te he encontrado, no me separaré de ti.

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