Yo lobo capítulo 6

El golpe que se escuchó fue seco, lo siguiente, una puerta abriéndose con lentitud, empujada por alguien débil.

Helge y Meiju se respaldaron en la pared y se cogieron de la mano, preparándose para lo que fuera que se estaba acercando.

Una luz los cegó durante un momento y todo quedó en el más absoluto de los silencios.

La luz se fue desvaneciendo y en la puerta de la celda había una silueta, la de una mujer.

Cuándo sus ojos se acostumbraron a la luz, pudieron apreciar que se trataba de Luna, con las ropas desgarradas y la cara manchada de sangre, con claros signos de haber sido golpeada. Se apoyaba con el brazo derecho y en la mano izquierda llevaba unas llaves.

– M-me alegro.. – cayó de rodillas – de que… Estéis – hablar era casi un sacrificio – … Bien.

Se desplomó sobre el suelo, inconsciente.

Meiju no sabía quién era aquella mujer, pero lo cierto es que los había salvado.

– ¡Luna! – gritó Helge mientras se lanzaba a por su compañera – ¡Meiju, ven aquí y ayúdame a levantarla!

Hizo lo que le pedían.

Cada uno se pasó un brazo por el cuello, y juntos la levantaron, aún estaban débiles por permanecer en aquellas celdas.

Fueron hasta la puerta y observaron el pasillo que había. Era todo gris, con luces repartidas de forma que ningún punto quedase a oscuras.

Pero había algo fuera de lo normal, no se escuchaba nada.

Por el suelo avanzaba una especie de neblina que se disipaba con cada paso.

Fue sólo un pequeño susurro, pero Helge lo escuchó.

– El camino es seguro, sacadla de aquí, llevadla a su casa, ahí estaréis seguros. Por lo que respecta a mi, os encontraré en el otro mundo.

Helge se dio la vuelta casi al instante, pero no había nadie.

– ¿Qué ocurre? – preguntó Meiju alterada.

– ¿No has escuchado nada? – ella negó con la cabeza – Serán imaginaciones mías… Salgamos de aquí, tenemos que llevarla a su casa.

– ¿A su casa? Mira el aspecto que tiene, tiene que verla un médico.

Sin saber por qué, confiaba en lo que había escuchado.

– No, hazme caso, vayamos a su casa.

Meiju hizo mueca de desaprobación pero Helge empezó a andar y no tuvo más remedio que seguirle.

Tal cómo había dicho la voz, el camino para salir del edificio estaba limpio, no se encontraron con nadie, pero la neblina seguía recubriendo el suelo.

Fuera estaba amaneciendo.

– Démonos prisa, si alguien nos ve podríamos tener problemas.

Meiju le miró a los ojos.

– Sigo pensando que tendríamos que llevarla a un médico.

– Confía en mi, por favor.

Meiju suspiró y accedió.

Por suerte no se encontraron con nadie y pudieron llegar sin problemas.

Tumbaron a Luna en su cama.

– ¿Y ahora qué hacemos? – preguntó Meiju.

– ¿La verdad? No lo sé… Oye, ¿no tienes calor? Estoy empezando a sudar…

– Sí, yo también me siento igual. – dijo pasándose la mano por la frente.

Se dirigió hacia la ventana para abrirla, pero justo en el momento en que iba a tocar la ventana, Meiju, que estaba sentada en la cama junto a Luna, dejo escapar un pequeño grito.

Helge giró en redondo y miró a ambas.

– ¡¿Qué ocurre?!

– Creo que deberías de ver ésto… – decía mientras señalaba hacia Luna.

 Del cuerpo de Luna emanaba un vapor que siseaba en el aire. Pero éso no era por lo que había gritado Meiju, las magulladuras del rostro de Luna iban desapareciendo.

– Qué coño… – Helge se acercaba lentamente.

Llegó hasta la cama y Meiju se puso a su lado mientras le agarraba el brazo.

Poco a poco, la temperatura disminuía y del cuerpo de Luna dejaba de salir ése vapor, hasta que no había ningún signo de violencia.

Luna movió los párpados. Lentamente los abrió.

– Estoy en casa – dijo con una sonrisa – menos mal…

Giró la cabeza y los vio.

– Hemos logrado escapar, eh. – se fijó en el ojo de Helge – Helge… Tu ojo…

– No te preocupes, estoy bien. – se sentó en la cama – ¿Tú cómo te encuentras?

– Mejor, gracias. – se incorporó y miró a Helge a los ojos – ¿Cómo sabíais que me teníais que traer aquí?

– Al salir de la celda, escuché una voz. Apenas era un susurro, que me decía que te trajera hasta aquí, y que nos encontraría, en el otro mundo, o algo así.

La cara de Luna palideció.

– ¿El otro mundo? Mierda, esto es más gordo de lo que creía.

– ¿Qué pasa Luna? – preguntó Helge.

– Es un término que se usaba en una antigua civilización. En ésta, había una orden, 7 elegidos podían convertirse en los animales que tenían en su interior. Pero tenía entendido que acabaron desapareciendo… – Los miró a los dos – Tengo que descansar un rato más, ¿por qué no os acomodáis? Estáis en vuestra casa.

Helge y Meiju salieron al pasillo y cerraron la puerta.

Con una lámpara en medio y dos cuadros colgados, el pasillo no era muy ancho ni demasiado largo, cabían dos personas una al lado de otra.

El primer cuadro, era una cascada de una altura considerable, que salía de la unión de dos montañas para caer en un valle. El segundo era un cielo nocturno algo nublado, con estrellas y una luna llena.

Al ver el segundo cuadro, el corazón de Helge empezó a latir más rápido, quería volver a ser ése lobo.

Al final del pasillo habían tres puertas más. La del medio era la del comedor. La de la izquierda era una habitación. La de la derecha era otro lavabo.

Fueron directos al comedor. No era muy grande, pero sí lo suficiente para poder estar cómodo sin restricciones de espacio. Había dos sofás, uno en vertical y el otro en horizontal y una mesa junto a ellos. Un televisor negro estaba encima de un mueble, a un par de metros de los sofás. En la parte izquierda había una ventana que daba a un pequeño balcón. Por la otra parte, estaba la cocina.

Helge se sentó en un sofá, mientras que Meiju se dirigió a la cocina.

– ¿Quieres algo para beber?

– Sí, tráeme un poco de agua si hay.

Mientras Meiju sacaba un par de vasos y les ponía agua, él miró por la ventana.

En el edificio de enfrente, encima de una barandilla, había un águila, que lo observaba.

¿Qué pintaba ahí un animal así, en medio de la ciudad? Nunca había visto nada igual. Se suponía que éstas aves se encontraban en grandes valles o en montañas.

El sonido de un vaso posándose encima de la mesa le sacó de sus pensamientos. La miró y volvió a mirar a fuera, el águila ya no estaba.

Bebió un poco de agua y recostó la cabeza en el cabezal.

– Tengo que descansar un poco yo también, ya veo visiones…

– Yo también estoy algo cansada… – contestó Meiju mientras se sentaba a su lado – ¿Te importa si me pongo así?

Le pasó un brazo por debajo del suyo y recostó la cabeza en su hombro. Helge no tardó en ruborizarse.

– N-no… Claro que no – le decía mientras intentaba que no se le notara.

No tardó en caer dormido.

Iré dónde el viento y mis pasos me lleven.

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