Yo lobo capítulo 7

El grito de un ave hizo que abriera los ojos.

Aún le dolía el derecho, pero ya no sangraba y mejoraba a marchas forzadas. A su lado tenía a Meiju, profundamente dormida.

Se levantó poco a poco, estiró sus patas para desperezarse y lo escuchó de nuevo.

Comprobó de que estaba todo correcto, salió para beber un poco de agua y mojarse un poco la cabeza, para así eliminar los restos de sangre seca que aún quedaban.

Miró al cielo y observó cómo las nubes negras avanzaban con rapidez por el cielo, tapando el sol y dejando al mundo en una penumbra constante. Pero entre tanta oscuridad destacaba un punto blanco surcando el cielo, cómo la pequeña luz que se niega a ser engullida.

Sabía lo que era. Estaba demasiado lejos para calcular su tamaño, pero se apreciaba cómo batía sus grandes alas con fuerza frente a las fuertes corrientes de viento.

Los primeros copos de nieve empezaron a caer. Primero meciéndose lentamente, para fundirse en su pelaje. Era obvio que se aceraba una tormenta.

Pero aparte de eso, había algo que lo mantenía inquieto.

Entró a por Meiju, tenían que seguir el camino.

Se acercó y la acarició con su hocico. Los ojos melosos de ella ya lo estaban mirando. Le devolvió la caricia y se incorporó.

En unos minutos ya estaban fuera, sintiendo la fría nieve bajo sus patas. Estaban hambrientos, pero no se veían presas, por lo que inspeccionaron el horizonte y divisaron los altos árboles de un bosque. Parecía el lugar idóneo.

Lejos de ahí unas patas negras cómo la noche levantaban el polvo del suelo. Aún permanecía el olor de Helge y Meiju.

Soltó el aire satisfecho, iba por el buen camino, lo sabía, y éso se reflejó en sus ojos amarillos.

El aire danzaba entre las ramas, haciendo caer la nieve acumulada. Un conejo corría por el suelo, distraído, mientras buscaba algo para comer, pero no sabía que la comida sería él.

Un reflejo blanco se movía entre los árboles. No alertó al conejo del peligro, podía ser simplemente la luz que se reflejaba en la nieve.

Se percató demasiado tarde de lo que ocurría, un relámpago blanco se abalanzó sobre él y antes de poder soltar un grito su corazón dejó de latir.

Se lo partieron entre los dos. Era poco, pero era mejor que nada.

Un ruido hizo que Helge mirara al cielo. Unos ojos brillantes de color blanco los observaban desde lo alto.

Un águila se posaba en una rama, sin hacer el menor movimiento.

Entre ellos sólo caía nieve, pero notaban sus miradas cómo si estuvieran a pocos centímetros.

Se levantó un poco de nieve y escuchó el gruñido de Meiju. Al girarse vio a un lobo negro de ojos amarillos, que apenas emitía ningún sonido. Se no había dado cuenta de su presencia hasta entonces.

Se puso al lado de Meiju sin dejar de observarlo.

No mostraba emoción alguna, ni temor, ni agresividad, sólo los miraba con aquellos ojos.

Un trueno iluminó el cielo y la tierra tembló, había caído cerca. La tormenta era inminente.

El lobo negro empezó a acercarse hacia ellos.

Tanto Helge cómo Meiju se prepararon para saltar, pero no le importaba, seguía avanzando. Las advertencias habían sido claras y aún así había seguido.

Se lanzaron contra él, pero en ése preciso instante, una luz los cegó y un estruendo hizo que el suelo se rompiera a sus pies, mientras los dejaba inconscientes. Todo se volvió oscuro.

Helge se despertó solo, sin Meiju a su lado. Fue a ver cómo se encontraba Luna, pero al llegar a su habitación estaba vacía. Todo estaba en su sitio, pero reinaba un frío extraño.

Volvió al comedor, dónde miró si le habían dejado alguna nota o algo. Nada.

No era muy normal que dos personas desapareciesen sin hacer ruido ni avisar, así que cogió la chaqueta y salió a la calle.

Estaba empezando a llover y parecía que iba a ser una tormenta grande, así que mejor encontrarlas rápido.

Se concentró y el tiempo se detuvo, mostrándole el camino que habían seguido Luna y Meiju.

Entraba en un callejón, conectaba con otro y finalmente seguía en una calle grande, llena de paraditas, hasta una escalera que subía por una parte del mirador de la ciudad.

No lo pensó dos veces y siguió el rastro.

En la oscuridad de los callejones se sentía a gusto, sin ser juzgado y con las gotas bajando por su rostro.

Pero al salir de ellos volvía a sentirlo, las miradas clavadas en él, en su ojo derecho.

Cierto era que no era muy normal tener una cicatriz así, pero ya ni se molestaban en disimular su asombro, incluso lo señalaban.

Seguía andando con paso decidido, dispuesto a ignorar cualquier burla. Pero una mano detuvo su paso, y su mirada dio con el causante.

Se encontró con un chico de una edad similar a la suya, un poco más bajo que él. Iba vestido con unos pantalones de pitillo negros y una sudadera con capucha que le cubría la cabeza y dejaba a la vista sólo su cara entre sombras.

– Por fin te encuentro. – dijo el desconocido mientras le observaba con sus ojos amarillos – ¡Me giro un momento y ya has desaparecido!

“¿Acaso me estaba siguiendo?” Pensar tal cosa no era una idea tan descabellada, pues sabía quién era y lo que había dicho… Tenía que andarse con mucho cuidado con ése tipo e intentar descubrir cómo sabía tanto de él.

– Antes de preguntarte quién eres y cómo sabes de mi, me gustaría que me dejaras ir, de lo contrario puedo pensar que me estás reteniendo en contra de mi voluntad, y no creo que éso te convenga.

El desconocido lo miró desafiante.

– Claro, no era mi intención asustarte. – lo dejó ir.

– Ahora dime quién eres, qué sabes de mi y por qué estás aquí. – Helge se mostraba inflexible en su mirada.

– ¡Vaya, no tan rápido por favor! – soltó entre una pequeña risa. Levantó los brazos al cielo – Me llamo Fang, pero me conocen como Fang el negro, y no precisamente por mi color de piel. – se quitó la capucha y dejó paso a una pequeña melena negra como el carbón. Su rostro presentaba una pequeña perilla igual de negra – De ti sé varias cosas, cómo que eres cierto lobo blanco que les está causando algunos problemas a Los Soñadores, eh – dijo dibujando una sonrisa.

Los Soñadores… No le gustaba un pelo el camino que estaba tomando la conversación, si era uno de ellos era posible que hubieran más por los alrededores, y que lo estuvieran vigilando.

– No, no soy uno de ellos por si lo estás pensando, aunque si lo fuera tampoco te lo diría. – Helge lo miró fijamente y se preparó para huir – Tranquilo chico, si te vas, no sabrás lo que quieres oír. No voy a hacerte daño.

Helge se quedó igual, pero a los pocos segundos, relajó el cuerpo.

– Bien, ahora que has decidido quedarte, sigo. He podido seguirte el rastro gracias a tu esencia, debes aprender a controlarla mejor, cuando la usas desprendes muchísima, y eso puede ser peligroso para ti y los tuyos, y una suerte para el que te quiera encontrar. No soy un miembro de Los Soñadores, sino unos de Los Siete. Y he venido a por ti, para llevarte junto a nuestro líder, tal como fui a buscarte cuando eras un lobo.

Hasta ahora no se había fijado demasiado en sus ojos, pero al decir aquello lo hizo.

Se adentró en aquellos ojos amarillos y se encontró con la marca del lobo.

– ¿Ahora me crees? – dijo Fang al ver su cara. – Vamos, tenemos que darnos prisa, Luna y Meiju ya están reunidas con él.

Sin decir nada más empezó a andar y dejó atrás a Helge.

Pasó unos momentos quieto, intentando asimilar todo lo que le había contado ese tal Fang.

Se apresuró a seguirlo.

Subieron por el camino del mirador mientras Helge notaba como empezaba a llover más fuerte. Pronto la tormenta estaría justo encima de ellos.

Meiju estaba sentada en un banco, mientras Luna estaba de pie a unos metros de ella, junto a un hombre de mediana edad, con una gabardina oscura y una melena blanca y fina hasta la cintura.

– Has tardado, Fang. – su voz era grave comparada con la del chico.

– Lo sé, por un momento lo perdí de vista, pero aquí lo tienes. – dijo con un movimiento de brazo hacia Helge.

Al escucharlo, Meiju se giró, y al verlo, fue corriendo a abrazarlo.

Luna también se giró hacia él.

– Ya habrá tiempo para reencuentros, antes tenemos cosas que tratar. Helge, te presento a Dorn, el líder de Los Siete.

El hombre se giró y lo miró directamente a los ojos.

Tenía el mismo color de ojos que el águila de sus sueños.

Aquello que deseas puedes encontrarlo en tu interior.

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