Dibujando sueños en forma de letras.

Su mano dibujaba letras sobre el papel blanco, sus ojos señalaban el camino a seguir, su mente las unía para darles el sentido que buscaba.

Así empezaba toda historia para él, una simple idea aparecía en su imaginación, le gustaba y le daba forma. Imaginaba qué pasaría si a tal personaje le pasara esto, o lo otro. Y, casi sin quererlo, se vio envuelto en un mundo de constante evolución. En un mundo de mentes únicas, que todas procedían de la suya, todas eran pequeños fragmentos. En un mundo sin igual, abierto a miles de interpretaciones por otras mentes que no fueran la suya. En su mundo.

Para él, escribir una historia era parecido a pintar un cuadro nunca antes creado. No todo nacía con la primera pincelada, sino que requería de paciencia y perseverancia, de constantes correcciones, para volver a corregirlo tiempo después.

Pero, al final, las letras que había dibujado con tanto esmero, con tanta dedicación y sentimiento, formaban lo que era la primera descripción de su nuevo mundo, la pequeña descripción de una hoja que se mecía con el viento observando todo lo que en él ocurría.

Y así, se hacía realidad el mundo que había estado en su mente durante tanto tiempo, deseoso de poder salir.

Lo mejor de ser escritor no es poder mostrar al mundo lo que puedes llegar a imaginar, sino poder hacer sentir lo que tú sientes al imaginar todo aquello.

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