Mares de hielo.

Ayer, amparado en el frío de la noche y las luces de las farolas, tuve miedo. De mí mismo, de lo que podía suceder si no podía detener a mi cabeza.

A pesar de encontrarme rodeado de gente, estaba completamente solo. Pero no como la mayoría de veces que me siento solo aún con gente, sino solo como si estuviera en un pequeño trozo de tierra rodeado por un mar de hielo, inaccesible para el mundo.

Presencié un accidente de moto a dos metros de mí, y mientras la gente se conmocionaba, preocupaba e iba a auxiliar al motorista, yo seguía quieto, en la misma posición, observando. No sentí absolutamente nada, sólo observaba.

Mi cuerpo estaba ahí, mi alma y mi mente habían desaparecido.

Sólo hacía que pensar, y volver a pensar. Demasiadas cosas no tenían sentido, me sentía mal, dolido, decepcionado y engañado.

Varias personas fueron las que me ofrecieron su ayuda y consuelo, pero no dejé entrar a casi nadie. Me encerré sin posibilidad de volver a salir hasta que me encontrara mejor, o hasta que algo o alguien me sacase de ahí. La mayoría se llevaba una cabezada, un apretón de manos o un par de palabras.

A decir verdad, creo que nunca he llegado hasta ese punto, que todo se desvanecía y sólo quedaban mis pensamientos y el frío.

Por eso tenía miedo, porque intuía que si seguía por aquél camino, acabaría por desaparecer.

Aunque ya estoy algo mejor, creo que aún sigo encerrado, que sigo rodeado por el frío, protegiéndome, mientras sigo observando.

 

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